Sònia

Sònia

divendres, 29 d’agost de 2014

NECESITO NORMALIDAD

       El verano va tocando a su fin, los días van acortándose poco a poco. En breve volveremos al ritmo acelerado del invierno y pronto añoraremos el susurro del mar. Ahora con calma toca saborear cada uno de los recuerdos y empezar a programar lo que vendrá, que seguro será mucho mejor. Han sido casi dos meses de desconexión laboral para pasar a ejercer de madre 24 horas al día,  7 días a la semana, al igual que lo hacen las estaciones de servicios. Para cualquier necesidad "aquí está mamá", aquí no se cierra por vacaciones ni por festivo.

      Verano de viajes y sal. De río y altas montañas. De agua fría y tormentas inesperadas. De rutas siguiendo el GPS e idiomas diversos. De campus deportivos y monumentos. Gastronomía variada, fotos y museos. De lecturas interrumpidas y películas compartidas. La frase más repetida a mi alrededor ha sido  "mamá, mira lo que hago." Horas robadas al alba para entrenar y disfrutar del tan deseado silencio. Paciencia en ocasiones en baja batería.

Ha habido tiempo de descansar, aprender, sonreír, pensar, planificar, soñar, llorar, probar, compartir, reír, gritar, desconectar, abrazar, descubrir, pelear, perdonar, caer y volverse a levantar. Amigos y tíos, abuelos y los cuatro en solitario. Ritmo pausado y poca programación. Aprendizajes a pasos agigantados de los reyes de la casa que me provocan gran admiración. Mezcla de querer que crezcan pero de no querer que se hagan mayor.



      El cuerpo empieza a impacientarse y pide cada día más acción, con ganas de coger el ritmo otoñal.  Ilusionada con todos los proyectos que llegarán. Feliz por ser mamá pero con ganas de volver a recuperar mi faceta más personal. Mi  "yo" pide urgentemente rutinas y horarios bien marcados., silencio y soledad. Quizás cuando alguien me llame por mi nombre no se si sabré reaccionar. Mamá, mami, máma, madre a full time.

Me impera una enorme e inmediata necesidad de dejar de:

- Comer sin que ningún vaso de agua caiga "sin querer" a mi alrededor.

- Caminar por la calle sin miedo a que me atropelle un patinete que circula sin parar a mi alrededor.

- Simular que me gusta jugar a tenis-playa cuando yo lo que quiero es tirarme a tomar el sol.

- Buscar cangrejos en las rocas intentando no darme un resbalón. 

- Fingir entender a todos los extranjeros que nos preguntan algo en inglés.

- Dejar de escuchar la "canción del verano" a todo volumen.

- Acarrear la sombrilla que al final nadie utilizará.

- Conducir sin que alguien no deje de preguntar cuando queda para llegar.

- Sudar para construir el castillo de arena más molón.

-Dejar de acabarme los helados cuando el pequeño "no puede más".

- Odiar llevar chanclas cuando uno de ellos me pisa por detrás.

- Comer o cenar sin ver dibujos animados o una ridícula serie infantil.

- Enojarme cada vez que me mojan "sin querer".

- Marearme en los barcos que se empeñan a coger.

- Poner pegajosa crema de factor 50 sin que paren de moverse.

- Sentarme encima de una toalla tan llena de arena que parece la alfombra de un faquir.

- Dejar de sentirme como un mediador de la ONU en un centenar de conflictos entre hermanos.

- Pedir un millar de veces que bajen el volumen del televisor.

-Justificar la importancia que tiene hacer deberes de verano.

- Negociar el tiempo que pueden estar jugando a la Play.

- Poner tatuajes que salen en las bolsas de cualquier aperitivo que después cuestan tanto de sacar.

- Intentar no dormirme en el cine mientras veo el último somnífero estreno infantil.

- Aparentar que me gusta observar aves en las puestas de sol.

- Hacer aburridas manualidades en el club infantil del hotel.

- Hacerme la simpática con los niños que no paran de conocer.

- Subirme a atracciones que destrozan mi lumbar.

- Leer el periódico en tres días porque no hay tiempo para más.

- Dormir 10 minutos de siesta y ser despertada con un "no estarás durmiendo mamá".

- Ver salsa de tomate hasta en la ensalada y pensar que esto en invierno cambiará.

      Estoy convencida que de aquí a tres semanas volveré a echar de menos el oír constantemente la palabra mamá pero de momento necesito volver a la normalidad. Bye, bye verano.
  

dimecres, 13 d’agost de 2014

MAMÁ ME GUSTA EL VERANO

     Sale como un rayo de la piscina, se tira encima para mojarme, me susurra al oído: "mamá me gusta el verano porque siempre estamos juntos", vuelve a lanzarse con la intención de volverme a mojar. Gruño al sentir el agua fría a la vez que sonrío y disfruto del momento. Crecen a pasos agigantados.

     Con el paso de los años, y a medida que tus hijos van creciendo, te das cuenta que los veranos han cambiado. Adquieren un color diferente, ya no son pausados ni relajados. Atrás queda cuando lo más importante era conseguir un bronceado perfecto, llevar el conjunto de moda y ver amanecer en lugares perdidos alrededor del mundo. Del tú y yo al nosotros. Dos más dos son cuatro. 

     Días de sal y calor. Veranos de playa y sal. Helados y golosinas. Mami, mami, mami, mira lo que hago. Camisetas manchadas de chocolate. Rutas en bicicleta. Toallas llenas de arena. Sombrillas no utilizadas. Partidas de tenis playa. Riñas y lloros. Camas elásticas y volteretas. Carreras con patinete. Parques de atracciones y circuitos de aventura. Asambleas familiares. Poca verdura y mucha salsa de tomate. Ración doble de postre. Videojuegos y películas. Manualidades y piscinas. Toboganes y columpios. Dulce y salado. Costa y pescadores. Caras pintadas y payasos. Granjas y establos. Buceo y cangrejos. Agua fría y refrescos. Ropa que queda pequeña. Patos y flamencos.

     Normas escondidas en un cajón. Desorden generalizado. Tiempo pasado delante de pantallas. Pocas obligaciones. Siestas compartidas. Desayunos a media mañana. Confidencias a la orilla del mar. Achuchones y caricias.


     Coche abarrotado de maletas. Gafas y colchonetas. Bolsas llenas de juguetes. Fútbol y castillos de arena. Tatuajes y pulseras de colores. Cremas solares y olor a hidratante. Trabajo a ritmo pausado. Minigolf y hamburguesas. Peleas y pactos. Boyas y chiringuito. Monopoly y parchís. Abuelos y tíos. Lecturas interrumpidas. Banderas verdes o rojas. Inflables y pistolas de agua. Cuevas y senderos. Visitas de amigos. Café con hielo. Medusas y oleaje. Aprendizajes a ritmos acelerados.

      Desear la vuelta al cole. Sentir que el tiempo pasa volando. Risas y carcajadas. Confidencias y retos para el invierno. Competiciones de papá. Entradas a meta de la mano. Fotografías llenas de recuerdos. Puestas de sol en lo alto. Canciones de moda. Sobremesas a la sombra. Paseo marítimo y palomitas. Reencuentros y desencantos. Recuerdos de aquellos que ya no están.

     Por instantes anhelas el silencio. Cuando lo tienes añoras el bullicio. Sonrío y me doy cuenta que me encuentro en el más infinito paraíso. Llegará el momento que quieran caminar solos. Mientras tanto disfruto del verano con olor a salitre. No cambio ningún viaje exótico por pasear con mis hijos de la mano. Estas son mis vacaciones diez, junto a los míos, a ritmo sosegado, junto a la brisa del mar.
     

divendres, 1 d’agost de 2014

MAMÁ, DÁME LA MANO

-       - Mamá, dame la mano, me pide Pol mientras no deja de temblar.

-       - ¿Estás seguro? No tienes porqué hacerlo, estamos muy altos.

-       - Lo se pero quiero intentarlo. Tú ayúdame a dar el primer paso y luego lo haré yo solo.

No paro de mirar hacia abajo. Yo también tengo miedo a caer, quizás me equivoqué animándole a subir hasta aquí. Le miro y veo el miedo en su cara pero a la vez también su ilusión para  seguir avanzando. Le recuerdo que el arnés no dejará que caigamos. No dice ni una palabra. Cuando le pregunto si está bien asiente con la cabeza sin dejar de avanzar. Tres metros y estaremos arriba del todo. No ha dejado de temblar en ningún momento. Pol tiene pánico a las alturas. Le miro y la emoción me invade.  Hoy me ha dado una buena lección de coraje y valentía.

            Llegamos al punto más alto y el monitor le pregunta si está preparado para saltar. Soy incapaz de mirar abajo, yo también siento pánico al estar tan alta, no paran de sudarme las manos. Él asiente con la cabeza, me mira emocionado, me guiña un ojo y al saltar grita soltando todo su estrés mientras saluda a su padre que le espera abajo emocionado. Me lanzo detrás de él y al llegar nos fundimos en un larguísimo abrazo. Noto que está empapado de sudor. En ese instante me doy cuenta que crecemos juntos día a día. Le susurro al oído que estoy muy orgullosa de él.

            Preparar a nuestros hijos a superar sus miedos no es una tarea sencilla. No resulta fácil encontrar las herramientas necesarias para enseñarles a hacer frente a las situaciones adversas de la vida. Ver sufrir a un hijo no es fácil pero debemos dejarles caer para poder ofrecer la oportunidad de aprender y superar los fantasmas que aparecen en el camino.

            Intento enseñar a mis hijos el valor que tienen la constancia y el esfuerzo  cuando intentamos superar nuestros miedos.  La importancia de aprender a marcarse objetivos realistas. Evito sobreprotegerles educándoles en la autonomía, les animo a probar, a esforzarse a conseguir las cosas por ellos mismos.  Les empujo a expresar sus  desasosiegos sin vergüenza ni ridículo. Compartir nos hace más fuertes.

            Les ofrezco mi afecto, protección, tranquilidad y confianza. Alabo sus esfuerzos, valentía y decisión. Les aliento a que se desprendan de la pereza sin permitir que les paralice el miedo a fallar, que admitan el error como base del aprendizaje.


            Fue capaz de confiar en sus posibilidades, de elevar su autoestima, de poner en práctica todo lo aprendido hasta el momento. Fue grande por su convicción a no encontrar nunca su límite. Su actitud me hizo infinitamente feliz.