Sònia

Sònia

dilluns, 17 d’abril de 2017

¿TÚ ERES FELIZ?

- ¿Tú eres feliz?

- Cada vez más.

- ¿Por qué consigues todo lo que te propones?

- No, porque cada vez necesito menos cosas para serlo.

- ¿Y eso cómo se consigue?

- Siendo agradecido.

Con el  paso de los años y gracias a los éxitos y los fracasos, aprendes que la felicidad se puede aprender. En la mayoría de las ocasiones la tenemos justo en la punta de nuestra nariz pero somos incapaces de verla. A menudo la buscamos en lugares equivocados, culpabilizamos a los otros de su falta, buscamos excusas para no reconocerla o nos empeñamos a sufrirla en vez de disfrutarla. Eternos insatisfechos, ambiciosos, descontentos, cualquier excusa es buena para dejar de ser afortunado.

Ser feliz debería ser obligatorio, un asunto de estado. Ojalá en los colegios se enseñara a fuego la fórmula para conseguirlo y los progenitores nos responsabilizásemos a educar a nuestros hijos a vivir la vida con sentido, a disfrutar de lo cotidiano, a ser conscientes de lo afortunado que somos.

Creo firmamente que la felicidad es una elección que depende únicamente de uno mismo. Recuerdo cuando la relacionaba con el poseer, la postergaba a tener un golpe de suerte o esperaba el reconocimiento de los demás para darle la bienvenida. Todo cambia el día que eres capaz de darte cuenta que la felicidad es un viaje y no un destino y aprendes a no esperar nada de nadie, a ser consciente de los pequeños detalles que te regala a diario la vida, a apreciar lo que ya tienes, a ser enormemente AGRADECIDO.

La felicidad conlleva dejar de consumir el tiempo y empezar a exprimirlo, deshacerte de tus complejos, simplificar tus días. Apretar bien fuerte los dientes y defender con pasión tu trabajo, tus retos, tus sueños. Romper con todo cuando sientes que se ha acabado una historia, eliminar de tu entorno todo aquello que te intoxica, querer aprovechar cada instante.

La felicidad  es aceptarte con tus peros y tus pros, querer lo que uno hace, aceptar sin resignación las circunstancias, disfrutar de los pequeños momentos. Reside en la gratitud, en el cariño, en la amabilidad, en querer sumar siempre con los que convives. En las muestras de afecto, de aliento, de confianza. En los gestos más cotidianos, en el "te quiero mamá".

Es ser capaz de mirarse en el espejo y regalarse una sonrisa, es reencontrarte con alguien al que añorabas, recibir una llamada de la otra parte del mundo. Es disfrutar del silencio en una puesta de sol o compartir un café para escuchar a alguien que lo necesita. Es besar sin cordura, reír sin motivo,  abrazar arropando.

Felicidad es volver a empezar de cero regalándote una nueva oportunidad, vivir el ahora como si no existiese el mañana, dejar de postergar, estar dispuesto a reaprender a diario. Disfrutar de cada suspiro, aprovechar todo lo que se nos cruza en el camino, llenar nuestros días de experiencias.

Es acabar con las obsesiones sin sentido, las falsas expectativas, el excesivo nivel de exigencia que nos autoimponemos. Es terminar con el miedo a fallar, la culpa, la envidia o el rencor y amar lo que tenemos.

Hijo, la felicidad es efímera, empática, comprensiva, respetuosa, altruista. Búscala sin pausa, disfrútala sin control.

diumenge, 9 d’abril de 2017

El ÚNICO FRACASO SERÍA NO INTENTARLO

Decidir completar 100 kilómetros no es fácil. Restar horas de sueño, prepararse a conciencia, recaudar fondos, llenar nuestra vida con desafíos...

Nuestros 100 kilómetros solidarios en beneficio de Intermón Oxfan 




dilluns, 27 de març de 2017

¿Y tú a qué tienes MIEDO?

- ¿Tú también tienes miedo?

-  Por supuesto.

- ¿Y por qué la gente disimula tenerlos?

- Mostrarnos vulnerables nos da pavor.

-  ¿Y a ti qué es lo que te da más miedo?

- Ser cobarde y no atreverme a hacer lo que mi instinto me marca.

Todos tenemos miedo, muchos más de los que pensamos. Miedo a lo desconocido, al fracaso o al éxito. A no estar a la altura, a la oscuridad, a lo que nos depara el futuro o a los fantasmas del pasado. Miedos irracionales a cosas que nunca llegarán a pasar y que nos atormentan por dentro. Miedos que nos paralizan, nos restan energía y dejan nuestros sueños atrás. Terrores que nos llevan a no hacer, a no decir, a no sentir, a no desear, a no arriesgar.

Hablamos poco de ellos, de cómo nos afectan, del daño que nos causan, de las puertas que nos cierra. Hemos sido educados para esconderlos, para disimularlos, para vivirlos en silencio. Ahora lo que se lleva es ser valiente, intrépido. La sociedad actual nos da  poca opción al titubeo, a las dudas, al pavor. Los miedosos tienen poco espacio en este mundo de osados, de atrevidos, de intrépidos, de pocos límites.

Yo soy de las que tienen miedo, algunos los arrastro hace años y otros me acompañan desde hace poco tiempo. Miedo a caer, a perder, a desear, a sentir, a ser. Soy quien soy gracias a mis miedos. El paso del tiempo me ha enseñado a no esconderlos, a escucharlos poco, a luchar a diario contra ellos. Reconociéndolos, entendiéndolos, aceptándolos. Dejándoles formar parte de mí pero sin permitir que me manipulen, me controlen, me contengan. Estrujándolos bien fuerte para sacar lo mejor de ellos.

El miedo arropa y agudiza mis sentidos, me protege, me libra del aturdimiento. A veces me irrita, me agrede, me rompe por dentro. Otras me incomoda, me provoca, me invita a seguir adelante, convierte mi incertidumbre en nuevos retos. Contra más me quiero más pequeños son, cuanto más confío, más rápido se desvanecen. Los miedos me recuerdan que no tengo la obligación de tenerlo todo bajo control, de saber siempre que tengo que hacer, de creer que puedo con todo.

Y los supero practicando, trabajando, admitiendo que la batalla es conmigo. Mirándolos con respeto pero sin temor, convirtiéndolos en una ocasión para crecer, para experimentar, para aprender. Buscando a los mejores aliados para hacerlo, pidiendo ayuda siempre que la necesito sin sentirme frágil.  Me facilitan admitir mi imperfección, dibujar a la persona que quiero ser. Me enseñan a bailar con la vida, a aprender que las batallas más importantes son las que libran en el interior. Sin pavor al ridículo, a sentirse pequeña.

Aprendes a dejar de encubrirlos, a no sentir terror al ridículo, a no tener miedo a preguntar por temor a parecer estúpido, a dibujar nuevos caminos. A compartir lo que me incomoda, a decidir aunque los otros no entiendan, a pedir lo que realmente deseas vivir sin filtros, a acotar lo que te limita. A comunicar las emociones,  a analizarlo con detalle para conocer los pros y contras, a comprometerte y actuar, a adiestrar a las sombras.

Hijo nunca olvides que todo lo que vale la pena está justo detrás del miedo.

dilluns, 20 de març de 2017

HIJO, OJALÁ FALLES MUCHAS VECES

- ¿Tú también te enfadas cuando te equivocas?

- Sólo al principio.

- ¿Y luego por qué no?

- Porque siempre aprendo alguna cosa.

- A mi no me gusta equivocarme.

- Fallar puede convertirse en una gran fortuna.

Damos a nuestros hijos pocas oportunidades para fallar. Les educamos para ser triunfadores, para estar en la cima, para ganar. Para surfear siempre con la mejor ola, para destacar. Los entrenamos para ser capaces de ganar todas las batallas, para estar siempre a pie del cañón, olvidando de explicarles que una de las mejores cosas que les puede pasar en su vida es equivocarse.

Hagámoslo al revés, entrenémosles para convertirlos en verdaderos especialistas para enfrentarse al error, para sacar el máximo beneficio de él. Démosles herramientas para poder aprender de cada caída, para no avergonzase de sus resbalones. Ayudémosles a ajustar correctamente sus expectativas, a que no les ahogue la exigencia, a asumir responsabilidades, a no culpabilizar a los otros de lo que les pasa.

Consigamos que las ganas de intentarlo sean más grande que el miedo, a que la curiosidad les lleve a explorar sin recelos. Enseñémosles a no sobredimensionar las consecuencias de sus errores, a no creer en las justificaciones, a brillar sin apagar a los demás, a saber que siempre la batalla más importante es con uno mismo. A vivir sin la necesidad de tenerlo todo controlado, a saltar con ímpetu hacia sus retos,  a dejarse transformar por el cambio, a desear dibujar nuevos caminos. A aprender a darle la mano a la incertidumbre, a desear mejorar confiando en sus potencialidades.

A no permitir que el miedo y las dudas les inmovilice cuando fallen, a no creer en las excusas, a negarse a postergar. A huir de las sombras y los demonios que traen en ocasiones las caídas, a  querer brillar con luz propia, a sentirse merecedores de sus ilusiones. A pedir ayuda sin pudor a las reacciones, a admitir que no son perfectos, a mirarse siempre al espejo con respeto.

A ser consciente que fallar les hace más humildes y sencillos, que les transforma de pies a cabeza, que engrasa su voluntad. Que cada saliente les hace más rebeldes y fortalece su fuerza de voluntad. A creer en el ahora, en la constancia y los impulsos del corazón. A no sentirse culpable por lo intentando, lo peleado, lo errado. A aprender probando, acertando, fallando y volviendo a empezar.

A saber que sólo se equivocan los intrépidos, los que aceptan ser vulnerables, los que no temen los finales. A ser perseverante aunque caigan a menudo, a no dejar de estar en movimiento, a jugársela si la causa  merece la pena. A sobresalir sin necesitar que otros les comprendan, a tomar decisiones que les hagan progresar, a ser originales aunque vayan a contracorriente.

 Hijo, nunca olvides que el éxito sólo está a un paso del error. El camino más acertado suele ser el que más ejercita nuestro equilibrio.

dijous, 16 de març de 2017

Educar es acompañar sin condición

Quin me conoce bien sabe que para mi ser mamá es el mejor oficio del mundo. Aquel que te hace ser mejor persona  y te obliga a desaprender a diario.
 EDUCAR es acompañar sin condición, despertar las ganas de aprender, impulsar potencialidades y amar sin proteger. De todo esto hemos hablado estos días en el taller para familias que he realizado en la escuela pública Sala i Badrinas Terrassa.

Gracias por vuestra acogida y por esta magnífica ENTREVISTA

dimarts, 7 de març de 2017

PARA PODER SEGUIR A VECES HAY QUE EMPEZAR DE NUEVO

- Hoy es el peor día de mi vida.

- ¿Tan malo ha sido? Estoy convencida que algo positivo podrás sacar de él.

- Nada ha salido como esperaba.

- A veces que hay que fallar bien grande para volver a empezar con más impulso.

- ¿Y eso cómo se hace?

- Teniendo mucho valor.

Todos vivimos momentos en los que todo se desmorona, en el que te rompes por dentro. Ese día en el que parece que todo el esfuerzo que has realizado no ha servido para nada, en el que sientes que has perdido la batalla. Ese instante en el que no puedes más, en el que bajas los brazos y dejas que te lleve la corriente. Un golpe que nos deja fuera de servicio, sin aliento.

Todos deberíamos vivir a menudo un tropiezo que nos obligue a empezar de cero, que haga replantearnos nuestra existencia. Que nos recuerde lo vulnerable que es la vida, que nos zarandé bien fuerte el alma, que nos saque de nuestra zona de confort. La experiencia te enseña que es justo ese instante en el que más vas crecer, en el que te vas a hacer mucho más grande. Esa situación que sirve de revulsivo, que te transforma con arañazos, que te exige romper con todo. Que te permite empezar a narrar tu vida de nuevo.

Ese momento en el que eres consciente que lo que estabas buscando no es lo que realmente querías. Que te anuncia que ha llegado el día de empezar a vivir sin condiciones ni reservas, sin excusas. En el que aprendes a mirar tus cicatrices con cariño y te das cuenta de lo valiente que puedes llegar a ser. Ese día en el que te llenas de fuerza y decides ir más allá, en el que no sientes pudor por estar tan cerca del precipicio.

Ese amanecer donde decides sobresalir de ti mismo, sin engaños ni reproches. Donde te comprometes con tus sueños a fuego, sin miedo a los errores, sin querer huir de tu vida, sin permitirte malgastar más el tiempo. Ese día en el que recoges el ancla de las justificaciones y dejas de culpar a los otros de todo lo que te pasa.

Ese en el que estás dispuesto a mostrarte indulgente con la lógica, con el conformismo y te atreves a vivir con coraje. Ese donde ya no te aterroriza arriesgarte y aceptas estar incómodo con el fin de llegar a tu destino.

Ese en el que ya no necesitas que todo encaje,  tenerlo todo bajo control. En el que estás dispuesto a aprender nuevas habilidades, a buscar nuevos aliados, nuevas formas de hacer las cosas. En el que cierras la carpeta de tareas pendientes y te das cuenta que por primera vez sabes lo que quieres. Ese en el que ya no necesitas que nadie defienda tus proyectos o que apruebe tus decisiones, que crea en tus sueños.

En el que te sientes cómodo con tu rareza, con tus ganas de crear ocasiones y te llenas de energía para volver a intentar empezar algo grande. Ese momento que vuelve a robarte la sonrisa, la ilusión. Que pone de nuevo pasión a  tu vida, que saca tu excelencia. Ese en el que logras liberarte de lo que te limita y te aferras únicamente a lo que suma.

Hijo, ojalá vivas muchos de esos momentos, esos en los que te das cuenta que sólo importa el aquí y el ahora, sin olvidar que todo lo bueno empieza dentro de uno mismo.

dilluns, 20 de febrer de 2017

LAS LÁGRIMAS SANAN EL ALMA

- ¿Por qué tú nunca lloras?

- Claro que lo hago.

- ¿Y por qué nunca te veo?

- A veces los adultos nos mostramos torpes al mostrar nuestros sentimientos.

- Tú siempre dices que llorar es algo bueno.

- Llorar es signo de fortaleza, de que estamos vivos por dentro.

Deberíamos llorar mucho más junto a los que queremos, sin miedo al ridículo. Llorar sin tapujos, sin pretextos, sin justificaciones. Llorar en compañía al igual que lo hacemos cuando buscamos aliados para reír. Nuestra estupidez nos hace pedir perdón cada vez que lo hacemos en público, cuando mostramos nuestro llanto ante los demás.

Nos han educado a poner resistencia a expresar, a disimular nuestros miedos, a no mostrar nuestras debilidades, nuestra fragilidad. Nos han enseñado a llorar en soledad y a reír en compañía, a mostrar únicamente nuestras victorias, nuestras mejores galas, nuestros éxitos. Llorar debilita nuestra imagen, nos hace vulnerables, incomoda. 

El llanto tiene un poder terapéutico, es un gran analségico. Las lágrimas sanan el alma, acicalan la tristeza, nos regalan nuevas oportunidades. Marcan el tempo de nuestro corazón, comunican emociones, conectan sentimientos, resetean, ponen voz a donde no llegan las palabras.

Las lágrimas calman, acarician, arropan, consuelan. Limpian el pasado, alivian, serenan. Eliminan culpas, excusas, disminuyen la rabia. Apaciguan la ira, el resentimiento. Empatizan, crean vínculos, regalan conyunturas. Algunas piden ayuda, otras dan las gracias. Las hay que regalan pausa, reflexiones, confidencias al alba. Que liberan responsabilidades, sellan promesas, hacen creer en el cambio o expresan protesta. Otras en cambio buscan comprensión, apoyo, respeto, silencio.


Lágrimas que marcan un punto de inflexión, un punto y a parte, el inicio de algo nuevo. Que empujan, que llenan vacíos, que ayudan a avanzar. Que marcan nuevos rumbos, que hacen equipo, que contagian optimismo. Que invitan a seguir intentándolo, que regalan esperanza, que buscan respuestas, que sueltan tensiones. Que te recuerdan quien eres, que te invitan a volverte a mirar con cariño ante el espejo.

Lágrimas que desafinan, amargas, que desgarran por dentro, que queman las entrañas. Que reprimen la furia, que roban el aire, que desmontan. Que maldicen la suerte, repletas de injusticia, que destrozan tu esencia.

Otras descubren personas, regalan momentos, eligen nuevos aliados, unen para siempre. Contagian pasiones, describen sueños, tienden puentes, te achuchan bien fuerte. Esas que dibujan nuevos retos, motivos para volver a empezar.

Lágrimas que despiden, que recuerdan lo mucho que hemos querido, que nos acercan a los que ya no están. Que nos recuerdan lo imprescindible que es exprimir nuestros días, que nos enseñan a querer para la eternidad.

Hijo, llora mucho, junto a los que más quieres, sin miedo al que dirán.